“Somos lo que somos, por lo que leemos” Borges

No sé en qué momento me hice lector, pero estoy seguro de que fue antes de aprender a leer. Puede parecer una paradoja, pero la gran mayoría de los lectores se forman en esta etapa de la infancia en la que las historias nos llegan a través de los labios de otros y son capaces de atraparnos y de marcar con su huella nuestra imaginación recién estrenada. Los relatos infantiles que me leía mi madre de un libro que llevaba por título Para mi hijo, son mi primer recuerdo literario. También algunos cuentos que, en aquellos lejanos años 60, se escuchaban a través de la radio, entre los que me vienen a la memoria Pulgarcito, Garbancito o El gato con botas, todos ellos, de marcado carácter iniciático. Pero eso lo he sabido después gracias a Bettelheim, Propp y otros autores. En aquel momento tan solo me interesaba de qué manera Pulgarcito y sus hermanos lograrían escapar de las garras del ogro malvado o disfrutar asombrado de la historia de un gato que valiéndose de sus inteligentes tretas, era capaz de convertir al hijo de un humilde molinero en todo un miembro de la nobleza, ni menos ni más, que en el Marqués de Carabás.